Bajo la Lupa: De diez

El pasado mar­tes tuvo lugar uno de mis even­tos favo­ri­tos: la entrega de diplo­mas a los “Alum­nos de Diez”, ini­cia­tiva orga­ni­zada por mi casa edi­to­rial, el Dia­rio de More­los. Haciendo honor a su lema, “Al ser­vi­cio de la comu­ni­dad”, desde hace 14 años se ins­ti­tuyó este suceso, que se ha con­ver­tido en tra­di­ción, lle­nando de ale­gría hoga­res en todo el Estado de More­los. El esce­na­rio es el impo­nente Cen­tro Cul­tu­ral Teo­pan­zolco que, desde tem­prana hora, se va lle­nando de los peque­ños genie­ci­llos de alto pro­me­dio y sus orgu­llo­sos parien­tes. De hecho, se tiene que limi­tar la entrada, dado que Pro­tec­ción Civil señala el aforo máximo y los fami­lia­res, entién­dase madres, padres, her­ma­ni­tos y abue­los, qui­sie­ran estar pre­sen­tes. El autor inte­lec­tual de esta cru­zada mara­vi­llosa es mi amigo Miguel Ángel Bra­ca­mon­tes Baz, quien heredó de su padre, el señor Licen­ciado Fede­rico Bra­ca­mon­tes, esa visión. Bueno es recor­dar que Don Fede­rico fue quien alentó la ins­ti­tu­cio­na­li­za­ción del “Día del Abo­gado”, entre otras muchas ini­cia­ti­vas socia­les y filan­tró­pi­cas. Pues nada, que al subir al esce­na­rio, pre­sen­tado como “Padrino” de esta Gene­ra­ción, me tocó hacer uso de la pala­bra. Al reco­no­cer los logros de las cha­vi­tas y los mucha­chi­tos, les hice alu­sión al esfuerzo que implica man­te­ner un están­dar de exce­len­cia. Feli­cité, por encima de todo, a sus pro­ge­ni­to­res. Siem­pre he pen­sado que la pala­bra vence, pero el ejem­plo, con­vence. La fiesta es com­pleta, con la con­duc­ción de mi car­nal Miguel Barrien­tos y la férrea vigi­lan­cia de ese ángel sin alas que es la Con­ta­dora Oyuki Zapata. Se dota al chi­qui­lle­río de una mochila y se les entrega, como reco­no­ci­miento, diploma y meda­lla. Hay núme­ros musi­ca­les, rifas y rega­los, para que sea una mañana inol­vi­da­ble. Resulta her­moso verse retra­tado en la mirada de estos niños cuando les entre­gaba su docu­mento. En ella, hay ino­cen­cia y, a la vez, reso­lu­ción. El momento cul­mi­nante es cuando los alum­nos de sexto año suben, dota­dos de un birrete, a la cere­mo­nia de gra­dua­ción. Al tér­mino de esta, lan­zan los gorros al aire, mien­tras suena una atro­na­dora ova­ción. Ahora vola­rán en pos de otros obje­ti­vos en la edu­ca­ción secun­da­ria y más tarde los vere­mos con­ver­ti­dos en pro­fe­sio­nis­tas exi­to­sos, pero sobre todo, en muje­res y hom­bres de bien. Des­pués se pro­yectó un video con los ros­tros de los gra­dua­dos y una bella y nos­tál­gica melo­día que a mí, que ya lloro por todo, me sacó las “de San Pedro”. En un país que no lee, en el que las nue­vas gene­ra­cio­nes viven pega­dos al celu­lar o la tableta, donde la irre­ve­ren­cia y la maja­de­ría impreg­nan el ambiente, resulta un soplo de viento y un oasis en el desierto, acu­dir y pre­sen­ciar este tipo de acon­te­ci­mien­tos. Gra­cias Miguel Ángel, gra­cias Oyuki, gra­cias a todo el staff por per­mi­tirme ser parte de esta glo­riosa cele­bra­ción. Pero, sobre todo, gra­cias a ti, joven­cita, com­pa­ñero, que con tu dedi­ca­ción e infle­xi­ble esfuerzo, nos mues­tras que hay un faro de luz que mira al futuro. Gra­cias por ser un alumno… de Diez.